Paisaje humano del Parque Sierra Nevada

Ricardo Martínez Iglesias
Fotografía: Agencia Fotógrafos Cóndor. Pablo Krisch

Un parque nacional es, por definición, un espacio reservado para la protección de la naturaleza. Se trata, como lo describe Mario Gabaldón, director del Jardín Botánico de Caracas, de “un espacio más o menos grande que abarque uno o más ecosistemas, poco intervenido por el hombre y dedicado a la ciencia, la investigación, la recreación y la educación”. El énfasis en la naturaleza no excluye, sin embargo, el concepto de patrimonio histórico y de valores culturales como bienes a proteger. Este criterio, sostenido por el propio Gabaldón desde la década de los ochenta, está de hecho consagrado en la legislación de parques nacionales y se aplica muy bien al caso del Parque Nacional Sierra Nevada, ubicado en los estados Mérida y Barinas, en el espacio de la antigua Provincia de las Sierras Nevadas, llamada así por los colonizadores para consagrar su fascinación por la belleza de una naturaleza singular, marcada por la presencia de picos y montañas cubiertas de nieve.

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Un parque con valores culturales

El Parque Nacional Sierra Nevada fue declarado como tal el 2 de mayo de 1952. En él, dice Gabaldón, “estaban establecidas poblaciones con una cultura y un pasado histórico que preservar”. Al afirmarlo alude a la presencia original de los timoto-cuicas, pero también y muy especialmente a las huellas del periodo colonial, recordando que fueron las primeras tierras entregadas en reparticiones y encomiendas y que en las comunidades actuales están presentes todavía los valores del idioma, de la religiosidad, de las tradiciones, de las formas arquitectónicas y de las prácticas agrícolas ancestrales.

En Los Nevados, El Humedal, El Carrizal, Gavidia, El Morro, Quinó, San Rafael del Páramo de Mucuchíes, Cacute, Tabay y otros pueblos, sobrevive la autenticidad de una arquitectura cuyos elementos siguen siendo el barro, la piedra, la caña brava, la techumbre, los muros de tapia, las ventanas de balaustre. A partir de la plaza y de la iglesia –con su pretil y su campanario- en todos ellos las calles van trazando más o menos irregularmente un mapa de cercanías, vecindad, costumbres y leyendas.

Se mantiene el cultivo del trigo, con el arado de madera tirado por bueyes, el corte con la hoz, el almacenaje de la gavilla en la era, la trilla con mulas y, luego, el trabajo de los molinos de piedra, algunos de los cuales siguen girando en Cacute, Escaguey, Mucumpiche, San Román y tantos otros lugares. Permanece la sabiduría en el trazado de los caminos, hechos para disfrutar el horizonte tanto como el detalle cercano y para ahorrar cansancio al caminante. Y se mantiene vivo un aire de austeridad y generosidad en la gente, complemento o resonancia del paisaje.

No todo sigue igual, desde luego. Con la prohibición de siembra de eucaliptos, especie ajena a la zona, pero cuya madera servía para los hornos en los cuales se cocía la teja, se ha impuesto en los techos la lámina de zinc. Al cultivo del trigo, factor casi inevitable de la erosión, se ha unido el de la papa y algunas hortalizas, manteniendo en buena medida el sistema de cultivos en terrazas, “andenes” como les llamaran los colonizadores. Pese al esfuerzo de las autoridades, tampoco ha sido posible evitar totalmente el establecimiento de potreros y viviendas; con la consecuente destrucción de los suelos, la afectación de las cuencas y de hábitats llamados a acoger la rica fauna de los páramos.

 

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Hombre y naturaleza

Tan interesante como describir la naturaleza es analizar la relación del hombre con ella. La declaración de parque nacional ha contribuido en algún modo para afirmar en los pobladores del Sierra Nevada una conciencia de relación con la naturaleza. Así, aunque mantienen las prácticas agrícolas ancestrales, simultáneamente han comprendido el valor de la conservación de su ecosistema, del paisaje y la expresión de sus propias actividades y tradiciones como valor para el turismo. La política que se generó en los años noventa, orientada a apoyar a los habitantes para que prestaran mejores servicios al vistante, se ha traducido en el éxito de las posadas turísticas, gracias en buena parte a la conciencia por parte de los pobladores de la necesidad de conservar la naturaleza para ofrecer un espacio paisajístico de valor. Comenzaron por valorar el paisaje y protegerlo.

Las distancias marcan las relaciones comerciales de los habitantes de este sector del páramo andino. Dependen de sus vecinos de Mérida y Barinas en una relación desigual en la que ofrecen sus productos agrícolas a precios estabilizados y pagan los bienes que consumen a precios quintuplicados, fundamentalmente en razón de los costos de transporte. ¿Qué les aporte más, el turismo o agricultura? “Una simbiosis de las dos actividades” diría Gabaldón. “Usted lleva al turista no sólo a ver el pasaje, sino también las actividades que realiza, dotadas de un valor tradicional, expresión de una técnica que no va a encontrar en otros sitios”.

Marcados por la presencia del agua –más de 30 lagunas de origen glaciar, 11 ríos, innumerables vertientes y riachuelos- han sabido utilizar el recurso para su vida diaria, para la agricultura con acequias, estructuras de riego y molinos, y para el despliegue de su ingenio creador, ejemplificado en la figura de Luis Zambrano -tecnólogo e inventor popular de Bailadores- creador de cerca de 50 inventos, entre los que no faltan turbinas, motores, sistemas de poleas y otras soluciones prácticas puestas al servicio de la gente.

Las fiestas religiosas, la costumbre de las tumbas indígenas –estudiadas por muchos antropólogos-, la devoción a San Isidro Labrador, el santo de la lluvia y de las cosechas, la Paradura del Niño, son sus principales manifestaciones de religiosidad. Su monumento más alto en este terreno es, sin duda, la obra de Juan Félix Sánchez: su capilla en el Tisure. Mucucubá, por su parte, aporta cada 8 de diciembre con la especial tradición de Las Velas en honor de la Inmaculada Concepción: 17.000 velas repartidas por calles y plazas, únicas luces en una noche mágica de estrellas, serenatas, fuegos artificiales y música andina.

Mezcla de tradición y modernidad, sus ponchos, botas, bufandas, bailes populares y música con aire de montaña conviven con un mundo digitalizado de celulares, computadoras, tablets, cámaras fotográficas, equipos de sonido. Es el paisaje intervenido por las tecnologías. Son los habitantes de un mundo de grandes espacios vacíos pero con conexión cálida y cercana.

Marcado por la altura, el silencio, el frío, el habitante del Parque Nacional Sierra Nevada ha generado conciencia de su relación con la naturaleza y ha asumido su condición de protector de la riqueza biodiversa del espacio que habita y de la cultura que ha madurado en su ámbito. El paisaje no sería igual sin él.

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